miércoles, 15 de octubre de 2014




¿Qué nos dicen de San José los evangelios apócrifos?

 
            Al respecto y como tantas veces, la literatura apócrifa nos auxilia en lo relativo al conocimiento de los hechos y personajes relativos a la vida de Jesús. En este caso, y gracias una vez más al Protoevangelio al que nos hemos dirigido para obtener algo más de información sobre la madre de Jesús, sabemos cómo conoce a María y cómo le es dada:
 
            “Al llegar [María a] los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: “He aquí que María ha cumplido sus doce años en el Templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario?” [mancillación que se produciría si llegara a tener su primera regla dentro de él, regla que convierte en el judaísmo, y también en el islam, en impura a la mujer] Y dijeron al Sumo Sacerdote: “Tú que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella, y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos”” (Prot. 8, 2).
 
            La solución se la susurra un ángel del Señor al sumo sacerdote, quien por cierto, es un viejo conocido de los textos evangélicos, ya que se trata de Zacarías, el padre de San Juan Bautista:
 
            ““Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los viudos del pueblo. Que venga cada cual con una vara, y de aquél sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ése será mujer”. Salieron los heraldos por toda la región de Judea y al sonar la trompeta del Señor, todos acudieron.
            José dejando su hacha, se unió a ellos y, una vez que se juntaron todos, tomaron cada uno su vara y se pusieron en camino en busca del Sumo Sacerdote. Este tomó todas las varas, penetró en el Templo y se puso a orar. Terminado que hubo su plegaria, tomó de nuevo las varas, salió y se las entregó, pero no apareció señal ninguna en ellas. Mas, al coger José la última, he aquí que salió una paloma de ella y se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo: “A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”” (Prot. 8, 3-9, 1).
 
            Curiosamente, este episodio del Protoevangelio halla eco en otro libro sagrado que está muy atento a todo aquéllo que concierne a la vida de María. Nos referimos al Corán, fuente cuya antipatía hacia la figura de José es más que evidente, evidente precisamente por la calculada ignorancia hacia su persona, que sólo rompe para hacer una velada referencia a la misma sin ni siquiera citrar su nombre, que es la que traemos aquí a colación:
 
            “Esto forma parte de las historias referentes a lo oculto que Nosotros te revelamos. Tú no estabas con ellos cuando echaban suertes con su cañas, para ver quien de ellos iba a encargarse de María. Tú no estabas con ellos cuando disputaban” (C. 3, 44).
 
            En la literatura apócrifa de la infancia de Jesús, cabe a José un cierto protagonismo. En ella le vemos reprendiendo a su hijo:
 
            “Y José tomó a su hijo aparte y le reprendió diciendo: “¿Por qué haces estas cosas?”(PsTo. 5, 1).
 
            “Vino José al lugar y al verle, le riñó diciendo: “¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?”” (PsTo. 2, 4).
 
            Demasiado a menudo, debatiéndose entre el rigor que le corresponde ejercer como padre, y la sumisión que le debe a su hijo en quien reconoce la elevada misión a la que está llamado. Buena prueba de lo cual, la respuesta que de éste recibe en una de esas regañetas:
 
            “Tú ya tiene bastante con buscar sin encontrar. Realmente te has portado con poca cordura. ¿No sabes qué soy tuyo? No me seas causa de aflicción” (PsTo. 5, 3).
 
            Amén de ello, entre los cristianos coptos circuló un escrito apócrifo expresamente dedicado a la figura de José, datable quizás del s. IV: es la llamada Historia de José el Carpintero, de la que han llegado dos versiones, una en copto y otra en árabe. Presentada bajo la forma de relato de Jesús a los apóstoles, sus datos son en general coherentes con los del Protoevangelio de Santiago ya citado. Nos cuenta la Historia de José el carpintero:
 
            “Había un hombre llamado José, oriundo de Belén, esa villa judía que es la ciudad del Rey David. Estaba miuy impuesto en la sabiduría y en su oficio de carpintero. Este hombre José se unió en santo matrimonio a una mujer que le dio hijos e hijas: cuatro varones y dos hembras, cuyos nombres eran Judas y Josetos, Santiago y Simón [esto es, los que cita Marcos, cfr. Mc. 6, 3]; sus hijas se llamaban Lisia y Lidia” (HiJoCa. 2, 1).
 
            José habría enviudado, un año después de lo cual, y teniendo nada menos que noventa años, le es entregada por el Templo en régimen de tutela, la niña María, de apenas doce años. Habiendo alcanzado los noventa y dos (y María los catorce, en lo que la Historia de José difiere algo del Protoevangelio, en el que María sería madre con trece años), vería nacer a Jesús “en Belén, en una gruta cercana a la tumba de Raquel, esposa del patriarca Jacob”.
 
            Versión que no casa con otra tradición que circuló entre los cristianos, según la cual, José sería tan virgen como María. A ella se abonan tanto San Jerónimo (n.h.345-m.h.419) como San Agustín, quien escribe:
 
            “Si José no hubiese sido virgen, Dios no le hubiese dado en modo alguno por esposa a la Virgen [...] y esto por una razón muy sencilla: porque si no hubiera sido virgen, hubiera podido atentar contra la virtud de María”
 
            Volviendo a la Historia de José el carpintero, a la edad de ciento once años, teniendo Jesús apenas diecinueve, moriría José a consecuencia de la primera enfermedad que sufría en su larga vida.


 http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=21351&mes=&ano=

El viaje a Egipto de la Sagrada Familia. Caravaggio. 

De San José y su especial relación con los ángeles




Uno de los personajes de todo el Nuevo Testamento, excepción hecha del propio Jesús, que mejor comunicación tiene con los ángeles no es otro que el que según “se creía” (Lc. 3, 23), era el propio padre de Jesús, a saber, San José.


           Los episodios en los que el bueno de San José aparece en fluida comunicación con los ángeles son cuatro. El primero cuando, sin haber Jesús ni siquiera nacido, sospecha José de la infidelidad de su esposa, que se halla encinta sin haber tenido él en ello mayor  participación:



            “Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (M. 1, 19-24).
    

        La segunda cuando ya con Jesúsnacido, Herodes el Grande, enterado por los magos del nacimiento de un vástago de la casa de David, determina buscarlo para eliminarlo:
            “Cuando ellos [los magos de oriente] se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estáte allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: ´De Egipto llamé a mi hijo´.” (Mt. 2, 13-15).
            Y la tercera cuando estando en Egipto, se produce la muerte de Herodes:
            “Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño’. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel” (Mt. 2, 19-21).
            Esta comunicación se completa con una cuarta que tiene lugar durante el viaje de regreso a casa, una vez ya en Israel:
            “Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y, avisado en sueños [aquí el ángel no se menciona, aunque parece lo lógico aceptar que una vez más existe], se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese lo dicho por los profetas: ‘Será llamado Nazoreo’” (Mt. 2, 22-23).
            Pasajes en los que llaman la atención algunas cosas. Por ejemplo y para empezar, que todas ellas llevan la misma firma, Mateo, no haciéndose eco de la especial relación con los ángeles de José ningún otro evangelista distinto de él.

            También que las apariciones se producen siempre hallándose José en estado de dormición y durante el sueño, algo que, de alguna manera, le asemeja a su tocayo veterotestamentario, el penúltimo de los hijos de Jacob, que es capaz de interpretar sueños, aunque con una diferencia: mientras el José veterotestamentario interpreta los sueños ajenos (el del faraón por ejemplo), el José neotestamentario interpreta los propios.
            En tercer lugar, la “arquitectura” literaria común a los episodios en los que Joséregistra revelaciones angélicas, en casi todos los cuales, para ser precisos en tres de los cuatro, a la intervención del ángel sigue siempre la indicación de una profecía veterotestamentaria, Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel”, que no proviene sino del Libro de Isaías (Is. 7, 14); “De Egipto llamé a mi hijo” que no proviene sino del Libro de Oseas (Os. 11, 1); y “Será llamado Nazoreo”, curiosa licencia literaria mateiana, pues aunque el evangelista la presenta como una profecía, no ha sido posible identificar con claridad con qué pasaje del Antiguo Testamento se corresponde.
            Y también y por último, el hecho de que el ángel que habla con José, a diferencia del que realiza la Anunciación por ejemplo, San Gabriel, pero a semejanza de lo que ocurre con tantos otros ángeles de los que intervienen en el Nuevo Testamento, el que auxilia aJesucristo en el Huerto de los Olivos por ejemplo, no tiene nombre propio, no siendo ni siquiera posible establecer si se trata siempre del mismo o es cada vez uno diferente: apenas el ángel del Señor”.

El sueño de San José. George La Tour





¿Y si después de todo, San José fuera sobrino de la Virgen María?

 
            En un San José tan especial que es festivo sólo en algunas regiones de España y en aquéllas en las que lo ha sido se ha trasladado al día de ayer, no parece mal día para formularse una pregunta tan extraña como el festejo: “Y María y José ¿acaso no podrían haber sido parientes entre sí?”.
 
            Desde el punto de vista más prosaico, la hipótesis se presenta como plausible, tanto si, según parece indicar Lucas, María y José fueran nazaretanos, como si, según parece indicarMateo, fueran betlemitas, pues tanto Belén como sobre todo Nazaret eran pequeñas aldeas que apenas superaban algún centenar de habitantes, con alto grado, cabe presumir, de parentesco entre ellos.

 
 
            Pero no sólo el sentido común permite tal interpretación, sino que la hipótesis que da título a este artículo ha tenido a lo largo de la historia importantes valedores.
 
            Lo primero que ha de decirse al respecto es que el casamiento entre parientes no está prohibido entre los judíos, sino sólo en algunos casos. Las reglas judías de la consanguinidad matrimonial se recogen en general en el Levítico, en su capítulo 18:
 
            “No descubrirás la desnudez de tu padre ni la desnudez de tu madre. Es tu madre; no descubrirás su desnudez.
            No descubrirás la desnudez de la mujer de tu padre: es la misma desnudez de tu padre.
            No descubrirás la desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o fuera de ella.
            No descubrirás la desnudez de la hija de tu hijo o de la hija de tu hija: es tu propia desnudez.
            No descubrirás la desnudez de la hija de la mujer de tu padre, engendrada por tu padre: es tu hermana.
            No descubrirás la desnudez de la hermana de tu padre: es carne de tu padre.
            No descubrirás la desnudez de la hermana de tu madre: es carne de tu madre.
            No descubrirás la desnudez del hermano de tu padre; no te acercarás a su mujer: es tu tía.
            No descubrirás la desnudez de tu nuera: es la mujer de tu hijo; no descubrirás su desnudez.
            No descubrirás la desnudez de la mujer de tu hermano: es la desnudez de tu hermano”. (Lv. 18, 6-16).
 
            Reglas que planteadas, como se ve, desde el punto de vista masculino, (aunque nada impida su aplicación a la mujer), prohíben “descubrir la desnudez” de padre, de madre, de madrastra, de hermanas o medio hermanos (nada dice de hermanastros), de nietos, de tías paternos o maternos, de los cónyuges de éstos, de nueras y de cuñadas... pero no de primos o parientes más lejanos.
 
            La propia Biblia registra casos de parientes casados, como es el caso de Najor yMilcá, a lo que parece tío y sobrina:
 
            “Éstos son los descendientes de Téraj: Téraj engendró a Abrán, a Najor y a Harán. Harán engendró a Lot. Harán murió en vida de su padre Téraj, en su país natal, Ur de los caldeos. Abrán y Najor se casaron. La mujer de Abrán se llamaba Saray, y la mujer de Najor, Milcá, hija de Harán” (Gn. 11, 27-29)
 
            Entrando de lleno en el tema que nos ocupa, lo que algunas fuentes apuntan en lo relativo a una hipotética consanguinidad de José y María sólo permite especular con un parentesco lejano.
 
            Así lo hace, con toda claridad, la famosa “Leyenda Dorada”, uno de los más afamados tratados hagiográficos medievales, obra de Jacobo de la Vorágine (1228-1298), el cual, apelando por cierto a la autoridad de San Juan Damasceno (675-749),escribe:
 
            “En el capítulo primero de Mateo leemos: “José hijo de David no temas tomar por esposa a María”. De esa misma casa de David había de descender en su día Cristo Jesús. Quien quiera conocer el proceso de esa generación, tenga en cuenta como muy bien advierte Juan Damasceno, lo siguiente: que de la rama del profeta Nayan, hijo de David, descendió Melqui y que José era descendiente de Melqui en cuarto grado y en línea recta, como consta por el capítulo III del Evangelio de San Lucas. Melqui fue pues abuelo del abuelo de José. Como Melqui tuvo un hermano llamado Panthera, que engendró a Bar Panthera y éste a su vez engendró a Joaquín padre de la gloriosa Virgen María, y como de la rama de Salomón que también fue hijo directo de David, descendió Matán abuelo de San José puesto que Matán y su esposa fueron los padres de Jacob, y Jacob fue el padre de San José síguese con toda claridad que tanto la bienaventurada Virgen María como su esposo San José, que ya antes de casarse estaban emparentados entre sí, eran de muy ilustre linaje, pues ambos procedían de la Casa de David”.
 
            Interpretación de la que se colige que José sería sobrino 4º de María, y que si bien se fundamenta en los evangelios -concretamente en el de Lucas (ver Lc. 3, 23-38)- por lo que al Melqui tatarabuelo de José se refiere, recurre a alguna fuente desconocida por lo que hace al Panthera y al Bar Panthera que son los ascendientes de Joaquín, y por ende de María, su hija. Una exégesis curiosa que no deja de tener un aliciente: brindar una explicación a la referencia que algunos pasajes del Talmud realizan a un personaje que algunos asimilan a Jesús, denominado precisamente Ben Panthera (“hijo de Panthera”).
 
            La vía del parentesco entre los padres de Jesús es también la de algunos apócrifos que otorgan a María la pertenencia a la Casa de David, una pertenencia que antes que ellos ya ha atribuído el Evangelio de Lucas a un hombre llamado José, de la casa de David (Lc. 1, 27), es decir, a su marido. Así lo hace por ejemplo el Libro de la Natividad de María cuando afirma que “la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María descendía de estirpe regia y pertenecía a la familia de David” (op. cit. 1, 1)
 
            El propio San Pablo podría militar en la tesis de la pertenencia de María a la casa de David, y en consecuencia de su parentesco con José, cuando afirma, sin explicar la procedencia paterna o materna, que Jesús era nacido del linaje de David según la carne”. Alusión que bien podría referirse a María, tesis a favor de la cual podría abundar no sólo la atribución por Pablo, -sobre todo en la Carta a los Hebreos, pero también en la de Romanos (1, 4), la Segunda a Corintios (1, 19), Gálatas (2, 20), Efesios (4, 13)- de la filiación divina de Jesús por vía paterna, sino también el hecho de que, como se sabe, la condición judaica se transmite entre los judíos por vía materna, lo que parece consecuencia del precepto deuteronómico que ordena:
 
            “Tu hija no la darás a su hijo [de un extranjero] ni tomarás una hija suya para tu hijo, porque apartaría a tu hijo de mi seguimiento, y serviría a otros dioses; y la ira de Yahvé se encendería contra vosotros y se apresuraría a destruiros” (Dt. 7, 3-4)
 
            Un pequeño divertimento exegético. Yo no lo llamaría más. Pero ahí está. Al fin y al cabo, nada hay de malo en que María y José hubieran sido parientes, y en el mundo pequeño, cerrado y endogámico que a ambos tocó vivir, nada habría tenido, tampoco, de particular.
 
            Dicho todo lo cual, no quiero terminar el artículo sin felicitar a todos los josés, en este día que celebramos al patrón de la Iglesia, que tal es lo que es, entre otras cosas y también, el padre putativo de Jesús.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=28277&mes=&ano=
 

De la condición davídica de Jesús en el Evangelio de Marcos (tan distinta que en el de Mateo)


            Si hace unos días analizábamos lo que Mateopensaba sobre la condición davídica de Jesús (pinche aquí si desea conocerlo), corresponde hoy conocer el enfoque que de la misma cuestión hace el que es el segundo de los evangelistas en el orden canónico (el primero en el tiempo, probablemente).
            En todo el Evangelio marquiano sólo existe un único episodio en el que se produzca un reconocimiento explícito de la condición davídica de Jesús. Como en Mateo, es un ciego el que la realiza -preciosa alusión a que el que menos ve es, en realidad, el único capaz de ver “más allá”-, con dos pequeñas diferencias: la primera, que el ciego de Marcos va solo, mientras que el de Mateo va acompañado de otro (cosa que por cierto en Mateo ocurre dos veces, una cerca del lago Genesaret y otra en Jericó); y la segunda, que en Mateo el ciego no tiene nombre, y en Marcos sí:
            “Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ‘¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!’ Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ‘¡Hijo de David, ten compasión de mí!’” (Mc. 10, 46-48)
            Cuando Jesús entra en Jerusalén el domingo de ramos, también se produce una alusión al reino de David:
            “Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: ‘¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!’”. (Mc. 11, 9-10)
            Un a alusión que aunque sí define el reino como “de David!”, no refiere explícitamente que Jesús sea "el hijo de David", como sí se hace en Mateo. Compárese si no, ese “¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!” de Marcos,con el “¡Hosanna al Hijo de David!”  de Mt. 21, 9.
            Sí recoge, en cambio, Marcos, al igual que lo hace Mateo, el episodio en el queJesús trata de explicar que el cristo no tiene porqué ser necesariamente un descendiente de David, lo que hace con estas palabras:
            “Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: ‘¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.
            El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?’ La muchedumbre le oía con agrado”. (Mc. 12, 35-37)

            Que podría hacer pensar al lector que Jesús intenta explicar al pueblo la legitimidad de sus pretensiones mesiánicas, aún a pesar de no ser descendiente de David.
            De donde la conclusión que sacamos es que mientras el mesianismo mateiano deJesús se basa indiscutiblemente en su condición de descendiente davídico, en Marcos, aunque se explicita con claridad que el reino con el que la muchedumbre identifica el mensaje de Jesús es el reino davídico, la condición davídica de Jesús no se presenta como inequívoca sino que, bien al contrario, parece que Jesús intentara hacer comprender a sus seguidores que no es necesario que el Mesías pertenezca necesariamente a la Casa de David.

De la paternidad de San José en los distintos evangelios. Hoy Mateo



            En estos días en que la Iglesia celebra la novena de San José que culminará con su festividad mañana 19 de marzo, parece adecuado realizar un repaso del tratamiento que realizan los Evangelios de la importantísima figura de San José. Y ello, a partir de un método que ya hemos utilizado en esta columna para analizar la condición davídica de Jesús (pinche aquí si desea conocer el análisis que sobre el tema hicimos en su día) y que, por lo tanto, sus lectores conocen bien: la separación por evangelios, como si unos y otros no estuvieran conectados, aunque de hecho, a ningún exégeta medianamente riguroso se le escapa que sí lo están.

            Empezaremos por el Evangelio de Mateo, no tanto por ser el primero en el orden de la Iglesia, sino por ser el evangelio josefino por antonomasia, aquél en el que más veces es mencionado nuestro personaje, hasta siete veces por su nombre y una más por su profesión.

            Mateo comienza su obra con un árbol genealógico de Jesús que le entronca con personajes fundamentales de la historia hebrea como Abraham y el Rey David, entronques que tienen lugar a través de la figura de José, quien en este árbol aparece mencionado de la siguiente manera:

            “Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo” (Mt. 1, 16)

            Mateo no realiza, contrariamente a lo que sí hace Lucas, un relato de laAnunciación, y por lo que se refiere a la concepción de Jesús en el seno de Maríaresuelve el tema de esta sucinta manera, que recoge una nueva mención de José:

            “El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 18).

            Son muchas las referencias que Mateo realiza sobre José a partir de ese momento, todas ocurridas durante la primera infancia de Jesús. Explica primero lo que fue su reacción al encontrarse a su mujer encinta sin haber tenido él participación alguna en el evento:

            “Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”. Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt. 1, 19-25).

            A destacar en esta narración la frase y no la conocía [var. “y no la conoció”hasta que ella dio a luz un hijo”, que unida al “antes de empezar a estar juntos ellos” de Mt. 1, 18 que hemos visto más arriba, se va a convertir en argumento de cuántos han sostenido a los largo de la vida del cristianismo que María fue virgen hasta que tuvo a Jesús, pero sólo hasta ese momento. Es decir, fue virgen “antes y durante el parto”, pero no después.

            Llama poderosamente la atención que, contrariamente a lo que ha perpetuado la muchísima iconografía existente sobre el tema, en el episodio de los Reyes Magos, que como sabemos, sólo recoge Mateo (es mucho lo que hemos escrito sobre los llamativos personajes de oriente, pinchando aquí puede conocer alguno de esos artículos), José está ausente:

            [Los magos de oriente], después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.” (Mt. 2, 9-11)

            Adquiere luego José un protagonismo inusitado en unos episodios de la vida deJesús que sólo Mateo, y ninguno otro de sus colegas evangelistas. relata: la Matanza de los inocentes (pinche aquí si desea conocer lo que sabemos sobre este episodio histórico) y la Huida a Egipto de la Sagrada Familia.

            “Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estáte allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle’. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: ‘De Egipto llamé a mi hijo’. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos” (Mt. 2, 12-17).

            Protagonismo que sigue siendo fundamental después, cuando se decide el retorno de Egipto y el establecimiento de la familia en una ciudad que hace aquí, y no antes, su aparición en el Evangelio de Mateo: Nazaret, sita en Galilea y no en Judea, reinos diferentes cuando Jesús vuelve de Egipto con Herodes el Grande muerto ya:

            “Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel,  pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño’. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese lo dicho por los profetas: Será llamado Nazoreo” (Mt. 2, 19-23).

            Luego José desaparece de la narración sin explicación alguna y sin que sepamos cuál ha sido su destino o su final, aunque lo veamos una vez más como protagonista secundario, nominado como “padre de Jesús”, esta vez no por su nombre, sino por su profesión (tema al que dedicaremos una entradita algún día). Cosa que ocurre en el famoso episodio denominado en el Evangelio “Visita a Nazaret”, “retorno” habría que llamarlo mejor, aunque bien lo podríamos denominar también “De los hermanos de Jesús”, (tema al que dedicaremos también algún artículo en esta columna), y en el queMateo pone en boca de sus compatriotas estas palabras referidas a Jesús:

            ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?” (Mt. 13, 55)

De la paternidad de San José en los distintos evangelios. 


Hoy Juan



            Y bien, y para cerrar esta serie que iniciamos con el análisis que hicimos del evangelio de Mateo, el de Lucas luego y el de Marcos finalmente  entramos de lleno en el más enigmático e interesante de los evangelios (a juicio de quién les habla, si bien me consta compartir la afición con Benedicto XVI), el deJuan, que nos va a deparar no menos sorpresas, si cabe, que el de Marcos.
 
            El Evangelio de Juan, último de los escritos, entre veinte y cincuenta años posterior al primer sinóptico, cita a José dos veces por su nombre. No contiene, al igual que Marcos, y por el contrario de Mateo Lucas, un Evangelio de la Infancia, aunque algunos asimilan su prólogo a una especie de Evangelio espiritual de la Infancia, o si se quiere, un Evangelio de su paternidad divina. Dice el referido prólogo:
 
            “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció […]la cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad […]Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn. 1, 1-18).
 
            Una de cuyas lecturas permite la asimilación del nacimiento de Jesús -no de la “sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino de Dios” (Jn. 1, 13)- al especialísimo que narran tanto Mateo como Lucas en sus evangelios de la infancia Y con mayor caridad que Mateo y que Lucas, la condición unigénita de Jesús“el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre” (Jn. 1, 18).
 
            Todo lo cual no obsta para que Juan se refiera también a la paternidad “humana” deJesús, que aparece bien patente en el testimonio de Felipe, uno de los apóstoles, cuando le dice a Natanael (otro de los posibles apóstoles joanescos, que alguna exégesis identifica con el Bartolomé de los Sinópticos):
 
            “Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Jn. 1, 45).
 
            Y también en el capítulo titulado “Discurso en la sinagoga de Cafarnaúm”donde, a semejanza del evento que los sinópticos sitúan en el retorno a la ciudad de su infancia, Nazaret (ver Mt. 13,54-58; Mc. 6, 1-6; Lc. 4,16-24), los absortos compatriotas deJesús se preguntan sobre su persona:
 
            “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos?” (Jn. 6, 42).
 
            Juan se hace eco de un curioso episodio que ha hecho correr ríos de tinta sobre la filiación paterna de Jesús. Lo hace en el capítulo titulado “Jesús y Abraham”, y en él se recoge este agrio diálogo entre Jesús y los judíos, en el que por cierto, se contiene un curioso error del redactor, pues Juan lo presenta diciendo “decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él” cuando en realidad recoge una de los más ásperas discusiones que Jesús mantiene con los que, precisamente, no creen en él. Pues bien, en ese debate le reprochan los judíos a Jesús:
 
            “Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios”(Jn. 8, 41).
 
            De múltiples posibles interpretaciones, pero en el que algunos han querido ver la base evangélica de las durísimas acusaciones que vierte contra Jesús la segunda gran obra de la literatura religiosa judía, el Talmud, a las que nos referiremos en alguna otra ocasión.
 

De San José, santo patrono de la familia




            Leo estos días la propuesta realizada por el Presidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador,Mons. José Luis Escobar Alas, de nombrar a San José“modelo de esposo, de padre, y tutor de los jóvenes” y “defensor de los derechos de la mujer y de los niños” según afirma, patrono universal de la familia. Momento que me ha parecido idóneo para preguntarme por la situación “patronal”, si se me permite la palabra, de San José, el casto esposo de María y padre “según se creía” (Lc. 3, 23) de Jesús.

            Y para mi sorpresa, lo primero que me encuentro es que de facto, San José es ya el santo patrono de la familia. No porque lo diga yo, no, sino nada menos que ese gigante del s. XX que fue San Juan Pablo II, quien con ocasión de la famosa visita que realizaba a Cuba, y por cierto, en español, así lo afirmaba el 22 de enero de 1998 en la ciudad de Santa Clara, donde se despedía de los cubanos con estas palabras:

            “Lleven mi saludo a todos y llévense a sus hogares, además del recuerdo de esta bella celebración, el afecto y el cariño del Papa. San José, patrono de las familias, y Santa Clara, cuyo nombre lleva esta ciudad, estarán contentos por ustedes e intercederán ante el Señor. ¡Que Dios los bendiga a todos!”.

            No es el único patronazgo que ejerce San José. Entre otros muchísimos más o menos oficiales, tanto gremiales como locales, Santa Teresa lo declara santo patrono del Carmelo en 1621, siendo autorizada en 1689 la fiesta del patronato el tercer domingo de pascua. El Opus Dei también se emplaza bajo el santo patronazgo del esposo de María.

            Es igualmente santo patrono de los obreros: el 1 de mayo del año 1955, en el discurso que dirige a los obreros reunidos en la Plaza de San Pedro de Roma, y en la intención de dar un sentido cristiano a la festividad del 1 de mayo, el Papa Pío XII instituye, de hecho, la fiesta de San José Obrero, cosa que hace con estas palabras:

            “Sea para todos los obreros del mundo [San José], especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo”.

            Ocasión en la que, por cierto y una vez más, aprovecha para ratificar la especial vinculación que une a San José con la familia, y el patronazgo que ejerce sobre ella:

            “El humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.

            Pero por encima de todos, existe un patronazgo solemne e universalmente proclamado que convierte al padre putativo de Jesús en patrono de la Iglesia Católica, y que es el que realiza Pío IX cuando el 8 de diciembre de 1870, en plena fiesta de la Inmaculada y en plena celebración del Concilio Vaticano I, lo declara santo patrono de la Iglesia Católica, algo que queda solemnemente ratificado en el Decreto“Quemadmodum Deus”, firmado por el Cardenal Patrizi, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, en estos términos:

            “Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno, los venerables obispos de todo el orbe católico, en su nombre y en el de los fieles a ellos confiados, elevaron sus preces al Sumo Pontífice para que se dignara constituir a san José por patrono de la Iglesia. Y al haber sido renovadas con más fuerza estas mismas peticiones y votos durante el santo concilio ecuménico Vaticano, Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, quiso satisfacer los votos de los obispos y solemnemente lo declaró Patrono de la Iglesia Católica. Y ordenó que se su fiesta del 19 de marzo se celebrara en lo sucesivo con rito doble de primera clase, sin octava por motivo de caer en cuaresma. También dispuso que esta declaración se publicara por el presente decreto de la Sagrada Congregación de Ritos en este día de la Inmaculada Concepción de la Virgen madre de Dios y esposa del castísimo José”.

            Y sin más por hoy queridos amigos, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Seguimos mañana.

 

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