viernes, 21 de febrero de 2014
lunes, 17 de febrero de 2014
LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ
Es una antigua tradición en la Iglesia preparar la fiesta de San José, el 19 de marzo, con la contemplación de los dolores y gozos del Santo Patriarca durante los siete domingos anteriores a su fiesta.
DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ
De la mano de san José iremos contemplando los dolores: aquellos momentos en los que tuvo que pasar las pruebas que el Señor le tenía preparadas, los momentos que se entregó de forma plena al querer de Dios, aun sin comprender del todo lo que tenía guardado para él.
También iremos meditando los gozos de san José: la alegría y la felicidad de compartir su vida junto a su esposa, la Santísima Virgen y el Niño. El gozo de saberse en las manos de un Dios que le había escogido para tan gran tarea.
Los cristianos siempre han visto en san José un ejemplo de entrega y de fe en Dios y podemos considerarlo maestro de oración. Fue él, después de la Virgen, quien más de cerca trató al Niño Dios, quien tuvo con él el trato más amable y sencillo.
Antífona (para todos los días): ¡Oh feliz Varón, bienaventurado José!
A quién le fue concedido no sólo ver y oir al Hijo de Dios,
a quién muchos quisieron ver y no vieron , oir y no oyeron,
sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.
V: Rogad por nosotros bienaventurado San José.
R: Para que seamos dignos de alcanzar las
promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amen.
A quién le fue concedido no sólo ver y oir al Hijo de Dios,
a quién muchos quisieron ver y no vieron , oir y no oyeron,
sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.
V: Rogad por nosotros bienaventurado San José.
R: Para que seamos dignos de alcanzar las
promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amen.
PRIMER DOMINGO
Oh castísimo esposo de María, glorioso San
José: qué aflicción y angustia la de vuestro corazón
en la perplejidad en que estabais, sin saber si debíais
abandonar o no a vuestra esposa sin mancilla.
Pero cuál no fue también vuestra alegría, cuando
el ángel reveló el gran misterio de la Encarnación.
Por ese dolor y gozo, os pido consoléis nuestro
corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con
la alegría de una vida justa y de una santa muerte,
semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh castísimo esposo de María, glorioso San
José: qué aflicción y angustia la de vuestro corazón
en la perplejidad en que estabais, sin saber si debíais
abandonar o no a vuestra esposa sin mancilla.
Pero cuál no fue también vuestra alegría, cuando
el ángel reveló el gran misterio de la Encarnación.
Por ese dolor y gozo, os pido consoléis nuestro
corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con
la alegría de una vida justa y de una santa muerte,
semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
SEGUNDO DOMINGO
Oh bienaventurado patriarca glorioso San José,
escogido para ser padre adoptivo del Hijo de Dios
hecho hombre: el dolor que sentisteis, viendo nacer al
Niño Jesús en tan gran pobreza, se cambio de pronto
en alegría celestial al oír el armonioso concierto de los
ángeles, y al contemplar las maravillas de aquella noche
tan resplandeciente.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos
que después del camino de esta vida vayamos a
escuchar las alabanzas de los ángeles, y a gozar de los
resplandores de la gloria celestial.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh bienaventurado patriarca glorioso San José,
escogido para ser padre adoptivo del Hijo de Dios
hecho hombre: el dolor que sentisteis, viendo nacer al
Niño Jesús en tan gran pobreza, se cambio de pronto
en alegría celestial al oír el armonioso concierto de los
ángeles, y al contemplar las maravillas de aquella noche
tan resplandeciente.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos
que después del camino de esta vida vayamos a
escuchar las alabanzas de los ángeles, y a gozar de los
resplandores de la gloria celestial.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
TERCER DOMINGO
Oh ejecutor obedientísimo de las leyes divinas,
glorioso San José: la sangre preciosísima que el
redentor derramó en su circuncisión os traspasó el
corazón, pero el nombre de Jesús, que entonces se le
impuso, os confortó, llenándoos de alegría.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos el vivir
alejados de todo pecado, a fin de expirar gozosos con
el santísimo nombre de Jesús en el corazón y en los
labios.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh ejecutor obedientísimo de las leyes divinas,
glorioso San José: la sangre preciosísima que el
redentor derramó en su circuncisión os traspasó el
corazón, pero el nombre de Jesús, que entonces se le
impuso, os confortó, llenándoos de alegría.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos el vivir
alejados de todo pecado, a fin de expirar gozosos con
el santísimo nombre de Jesús en el corazón y en los
labios.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
CUARTO DOMINGO
Oh santo fidelísimo, que tuvisteis parte en
los misterios de nuestra redención, glorioso San
José: aunque la profecía de Simeón acerca de los
sufrimientos que debían pasar Jesús y María, os causó
dolor a par de muerte, sin embargo, os llenó también
de alegría, anunciándoos al mismo tiempo la salvación
y resurrección gloriosa, que de ahí se seguiría para un
gran número de almas.
Por ese dolor y por ese gozo, conseguidnos ser
del número de los que por los méritos de Jesús y por la
intercesión de la bienaventurada Virgen María han de
resucitar gloriosamente.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh santo fidelísimo, que tuvisteis parte en
los misterios de nuestra redención, glorioso San
José: aunque la profecía de Simeón acerca de los
sufrimientos que debían pasar Jesús y María, os causó
dolor a par de muerte, sin embargo, os llenó también
de alegría, anunciándoos al mismo tiempo la salvación
y resurrección gloriosa, que de ahí se seguiría para un
gran número de almas.
Por ese dolor y por ese gozo, conseguidnos ser
del número de los que por los méritos de Jesús y por la
intercesión de la bienaventurada Virgen María han de
resucitar gloriosamente.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
QUINTO DOMINGO
Oh custodio vigilante, familiar íntimo del Hijo de
Dios hecho hombre, glorioso San José: cuánto sufristeis
teniendo que alimentar y servir al Hijo del Altísimo,
particularmente en vuestra huída a Egipto, pero cuán
grande fue también vuestra alegría teniendo siempre
con vos al mismo Dios, y viendo derribados los ídolos de
Egipto.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos alejar
para siempre de nosotros al tirano infernal, sobre todo
huyendo de las ocasiones peligrosas, y derribar de
nuestro corazón todo ídolo de afecto terreno, para que,
ocupados en servir a Jesús y María, vivamos tan sólo
para ellos, y muramos gozosos en su amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh custodio vigilante, familiar íntimo del Hijo de
Dios hecho hombre, glorioso San José: cuánto sufristeis
teniendo que alimentar y servir al Hijo del Altísimo,
particularmente en vuestra huída a Egipto, pero cuán
grande fue también vuestra alegría teniendo siempre
con vos al mismo Dios, y viendo derribados los ídolos de
Egipto.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos alejar
para siempre de nosotros al tirano infernal, sobre todo
huyendo de las ocasiones peligrosas, y derribar de
nuestro corazón todo ídolo de afecto terreno, para que,
ocupados en servir a Jesús y María, vivamos tan sólo
para ellos, y muramos gozosos en su amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
SEXTO DOMINGO
Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que
pudisteis admirar al Rey de los Cielos, sometido a
Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que
pudisteis admirar al Rey de los Cielos, sometido a
vuestros más mínimos mandatos; aunque la alegría
al traerle de Egipto se turbó por temor de Arquelao,
sin embargo, tranquilizado luego por el ángel vivisteis
dichoso en Nazaret con Jesús y María.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos la
gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor
nocivo; de poseer la paz de la conciencia, de vivir
seguros con Jesús y María, y de morir también asistidos
de ellos.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
al traerle de Egipto se turbó por temor de Arquelao,
sin embargo, tranquilizado luego por el ángel vivisteis
dichoso en Nazaret con Jesús y María.
Por este dolor y por este gozo, alcanzadnos la
gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor
nocivo; de poseer la paz de la conciencia, de vivir
seguros con Jesús y María, y de morir también asistidos
de ellos.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
SÉPTIMO DOMINGO
Oh modelo de toda santidad, glorioso San José,
que, habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús,
le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta
que lleno de gozo le encontrasteis en el Templo, en
medio de los doctores.
Por este dolor y gozo os suplicamos, con palabras
salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor, para
que no nos suceda jamás perder a Jesús por algún
pecado grave. Mas si por desgracia le perdiéramos,
haced que le busquemos con tal dolor, que no nos
deje reposar hasta encontrarle favorable, sobretodo en
nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el cielo y cantar
eternamente con Vos sus divinas misericordias.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Oh modelo de toda santidad, glorioso San José,
que, habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús,
le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta
que lleno de gozo le encontrasteis en el Templo, en
medio de los doctores.
Por este dolor y gozo os suplicamos, con palabras
salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor, para
que no nos suceda jamás perder a Jesús por algún
pecado grave. Mas si por desgracia le perdiéramos,
haced que le busquemos con tal dolor, que no nos
deje reposar hasta encontrarle favorable, sobretodo en
nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el cielo y cantar
eternamente con Vos sus divinas misericordias.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
FINAL (para todos los días): Acordaos: Oh
purísimo Esposo de María, oh dulce protector mío
San José, que jamás se oyó decir que haya dejado
de ser consolado uno solo de cuantos han acudido a
vuestra protección e implorado vuestro auxilio. Con esta
confianza vengo a vuestra presencia y me encomiendo
a Vos fervorosamente, oh padre nutricio del Redentor.
No desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas
piadosamente. Amén.
purísimo Esposo de María, oh dulce protector mío
San José, que jamás se oyó decir que haya dejado
de ser consolado uno solo de cuantos han acudido a
vuestra protección e implorado vuestro auxilio. Con esta
confianza vengo a vuestra presencia y me encomiendo
a Vos fervorosamente, oh padre nutricio del Redentor.
No desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas
piadosamente. Amén.
Oración: Oh Dios, que por providencia inefable
os dignasteis escoger al bienaventurado José para
esposo de vuestra Santísima Madre: os suplicamos nos
concedáis la gracia de que, venerándole en la tierra
como a nuestro protector, merezcamos tenerle por
intercesor en los cielos. Amén.
os dignasteis escoger al bienaventurado José para
esposo de vuestra Santísima Madre: os suplicamos nos
concedáis la gracia de que, venerándole en la tierra
como a nuestro protector, merezcamos tenerle por
intercesor en los cielos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria, por las intenciones del Papa.
Deben hacerse confesando y comulgando.
Deben hacerse confesando y comulgando.
jueves, 14 de noviembre de 2013
martes, 12 de noviembre de 2013
La Muerte De San José
Dice un dicho: cual es la vida tal es la muerte. La vida de san José es la vida de mayor amor después de la Virgen María y en unión con ella. Sí, después del amor de María no hay amor de hombre mortal que haya subido a tanta altura y perfección como el de San José, muy por encima del amor de todos los ángeles y santos y el más cercano al sublime amor de la Virgen. Un amor semejantísimo al de María, pues tenía un alma semejantísima a la de ella como dice San Bernardo.. Podemos decir que toda su vida fue puro, perfecto y cabal amor. Su muerte tuvo que ser puro amor.
No sabemos cuando ni cómo murió San José. Nada nos dice le Evangelio, como tampoco nos dice nada da la muerte de al Virgen María. Todos los entendidos dicen que murió antes de la vida pública de Jesús, pero sin poder precisar más la fecha, pues no aparece San José en ningún momento de la misma y cuando muere encomienda a su madre al apóstol San Juan, lo que no hiciera si todavía estuviese vivo su esposo San José.
Nada sabemos de la fecha, nada sabemos de los detalles de su muerte. Guiados por la enseñanza de los místicos y por los más nobles sentimientos y conjeturas podemos afirmar lo siguiente. San José murió de amor, de lo que había vivido. San Juan de la Cruz, hablando de las almas que han llegado al grado de matrimonio espiritual en el camino de la santidad: escribe: “De adonde es de saber que el morir natural de las almas que llegan a este alto estado, aunque la condición de su muerte en cuanto al natural es semejante a la de los demás, pero en la causa y en el modo de la muerte hay mucha diferencia…Estos, aunque en enfermedad mueran o en cumplimiento de edad, no las arranca el alma sino algún ímpetu y encuentro de amor, mucho más sentido que los pasados y más poderosos y valeroso, pues pudo romper la tela y llevarse la joya del alma…, su muerte es muy suave y muy dulce, más que les fue toda la vida, pues mueren con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de amor, siendo ellos como el cisne que canta más dulcemente cuando muere” (Ll 1,30).
De un ímpetu poderoso y fuerte de amor murió San José, máxime estando con él su amadísimo Hijo y su queridísima esposa, más que capaces de arrancar el alma en un encuentro de amor, porque allí estaban ellos acompañándole y despidiéndole.¿Quién será capaz de imaginar la tierna despedida de su padre y esposo San José y los dulces consuelos que le darían, sabiendo los abismos de amor mutuo que había en los corazones de los tres? Se amaban íntima, tierna y extremadamente con dulcísimo amor. Purísimo amor. En la representación de la muerte de San José siempre aparecen los dos desvelados por él, dándole lo mejor de su corazón ¡y era tanto!
San José murió en brazos de Jesús, su Hijo. Tomó, pues, Jesús en sus brazos al agonizante José y reclinando este su cabeza sobre el pecho amoroso de su Hijo, entregó su espíritu al Señor por la vehemencia de un ímpetu de amor celestial. ¡Qué muerte más dulce! ¡Qué felicidad! ¡Qué amor! Los brazos de Jesús, que acogieron a su padre en los últimos momentos fueron su mejor tesoro y el mejor y más dulce don. El que le había acogido en los suyos de niño tantas veces siente el calor de los brazos de su Hijo Jesús en sí mismo.. Le cerró los ojos con sus propias manos y celebró su entierro junto con María la esposo de José con filiales lágrimas –había llorado por su amigo Lázaro muerto- y le dio digna sepultura en el sepulcro de sus antepasados.
Juan Gersón describe con estas palabras esos últimos momentos de la vida de San José. “Había de llegar el día que te preparase con la muerte / la vida eterna, ¡oh justo José! descendiente ínclito de David. / Está Cristo con su madre piadosa, a quienes había servido de oficio, / y consuelan con rostro plácido al que se va./ Aunque el amor natural se colmase hasta el límite / de lágrimas nacidas de lo más íntimo, y es necesario creerlo así, / que Jesús lloró a su padre y la Virgen benigna a su esposo, / esta se inclinó sobre el lecho amado de su fiel custodio / y abrazándole, le besa con labios puros. Esposo mío, exclama, / ¿te me vas? ¿Me abandonas y dejas viuda para padecer terriblemente? / Se haga con todo el querer de Dios; amado mío, adiós. / Nada temas, pues Jesús te colocará en un sitio tranquilo. / Inmediatamente José descansó con una muerte preciosa”. (josefina, dist. 12).
A Santa Teresa se le atribuye el dicho de que San José murió de puro amor de Dios. Así lo afirma también San Francisco de Sales: San José, “un justo que tanto había amado en la vida, sólo podía morir de amor; de donde sucedió que no pudiendo su alma amar a su querido Jesús entre las distracciones de esta vida con toda la intensidad y fuerza apetecibles, y habiendo cumplido el servicio a que había sido destinado, no le faltaba sino decir al Padre celestial: Oh Padre, ya he cumplido la obra que me confiaste (Job 17,4)” (Tratado del amor de Dios, l. VII, c. 13)
Y este es el sentir de todos los autores y devotos de san José. San José murió de un ímpetu de amor divino. Y por esta muerte preciosa de amor en brazos de Jesús y María, San José es patrono y abogado de la buena muerte. Él vela especialmente por los moribundos. Patrono de la Iglesia universal, lo es particularmente de estos miembros de la misma que están a punto de partir para el encuentro con el Padre. Les ayuda, les protege, les asiste, les consuela en esos momento tan duros para la naturaleza. Es un consuelo saber y creer que tenemos un poderoso y buenísimo abogado en aquella hora especial de partir para el Padre.
P. Román Llamas, ocd
miércoles, 6 de noviembre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
María y José, primeros modelos del amor puro
25 octubre – España. Consagración de la Catedral de Toledo a María (1075) | ||
Nuestra sociedad se ha desprendido de la verdad primera sobre el hombre, la verdad de lo que son el hombre y la mujer como personas. Por consiguiente, ella es incapaz de comprender la forma exacta lo que es realmente el don de las personas en el matrimonio (…). El ser humano no es lo que la publicidad y los medios modernos presentan. Es mucho más que eso, como unidad sicofísica, compuesto de alma y cuerpo como persona. Es mucho más que eso por su vocación de amor, lo que le introduce como hombre y como mujer en la dimensión del “gran misterio”. María fue la primera que accedió a esta dimensión y ella introdujo también a su esposo, José. Ellos se convierten así en los primeros modelos del amor por el que la Iglesia no cesa de pedir la gracia, por la juventud, por los esposos y por las familias. | ||
Papa Juan Pablo II : Carta a las Familias, 2 febrero 1994 | ||
miércoles, 9 de octubre de 2013
La actitud de José
No se puede comprender la misión de María sin contemplar y entender a José su esposo. María tuvo la gran dicha de contemplar al Ángel de Dios anunciar su misión en el mundo pero José debió esperar a que el Ángel le hablara en sueños y le diera una explicación de lo que a sus ojos parecía merecedor de un repudio público que él considero y meditó pero que no llevó a cabo.
Es José quien se enfrenta a un CONFLICTO. Tienes razones humanas suficientes y pruebas evidentes, pese a ello desde su corazón medita y otorga una mirada de compasión a su esposa que le ha sido presuntamente infiel. Es anterior a la visita del Ángel en sueños la compasión de José. Lo es antes de cualquier explicación divina y sobrenatural. Él no era duro de corazón como los judíos en el desierto cuando Moisés tuvo que tolerar que los hombres pudieran separarse de sus mujeres por ser hombres de corazón endurecido.
Antes del nacimiento de Jesús de Nazaret está la ACTITUD de José. Antes de su nacimiento José deja sin razón de ser la consideración de Moisés pues demuestra que el corazón puede ser compasivo con la mujer que presuntamente le ha sido infiel.
El camino que marca José ante el CONFLICTO tiene varios elementos a considerar:
1. SILENCIO: el conflicto no lo hace público.
2. MEDITACIÓN: el conflicto lo medita en el corazón.
3. COMPASIÓN: adopta la actitud de la compasión.
Desde hace siglos la necesidad de lo público imperó frente a la privacidad y lo público tiene la soberanía de conocer lo privado para considerar su conveniencia al interés general.
El silencio o sigilo. La meditación o reflexión. La compasión y misericordia.
Dios puso en el camino de los padres de Jesús, su propio Hijo, un conflicto. Y a través de José marcó las pautas de cómo un creyente, un cristiano debe enfrentarse al mismo.
¿Qué nos aporta la actitud de José?
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